Mi infancia transcurrió allíEl verano comenzaba a mediados de junio, al finalizar el colegio. Eran tres meses de vacaciones en ese lugar, a solamente 65 kms de Madrid llamado El Berrueco. Han pasado muchos años ya pero todavía me huele su tierra mojada, todavía oigo los mugidos de las vacas paciendo en la dehesa, el ladrido de los perros en continuo coloquio nocturno, los grillos, la campana de la iglesia, de aquella iglesia ahora de Don Ernesto, luego de Don Juan, Don Manuel, D. Enrique, D. Vicente, D. José María.. ¿Cómo puedo acordarme de todos? No se entendía un verano sin frecuentar la iglesia, convivir con el cura del lugar y cortarse el pelo en la peluquería del practicante de Lozoyuela, nuestro buen amigo Aquilino.
Mi abuela está en el centro de estos recuerdos. Ella era nuestro guardián durante todo ese tiempo de verano. Era ella la responsable de encender la lamparita de aceite cada noche en la sala contigua a nuestro dormitorio y que servía de tenue alumbrado para toda la madrugada.
Era ella la responsable....
El Berrueco es el lugar adonde busco volver siempre. Son tantos los recuerdos que enceuntro en cada calle, en cada casa y en cada callejón que podría llenar cientos de páginas reconstruyendo uno solo de esos peiorods estivales. Allí quise ser torero, sacerdote, médico, cocinero, vendedor en un mercado de comestibles y otras cosas más. Allí sentí la experiencia de vivir en pandilla, la de los "veraneantes". Allí ayudé a crecer algunos cachorros que, salvo excepciones como Pinto, luego tenía que dejar en el pueblo a la vuelta de las vacaciones. Allí seguramente sentí un "afecto especial" por algunas de las niñas que año a año encontraba en los mismos lugares. Allí me enamoré -intensamente- de una muchacha "titiritera" de aquellas que iban de pueblo en pueblo haciendo malabarismos en camiones ambulantes y cuyo espectáculo veiamos en la plaza del pueblo, para lo cual había que llevar la silla de casa, naturalmente de tijera. La acompañé una mañana a por agua a la fuente y le llevé el cántaro. Fue la única expresión de cariño que pude esbozar pero todavía me acuerdo.
Era un tiempo en el que el agua brotaba de un ancho caño las veinticuatro horas del día. Ahora tiene un grifo que, cuando se abre, apenas si deja pasar un hilo. Y ya no hay titiriteras, ni cantaros, ni desinteresados afectos, ni sillas de tijera en la plaza de la picota. Vivimos otro tiempo, más esplícito, menos mágico, menos poético, más patético sin duda.
El Berrueco es el lugar al que siempre quiero volver porque vuelvo a ver a mi hermana, sin silla de ruedas, a mi abuela -doblemente presente-. Oigo el ruido de esa moto que anunciaba desde la distancia la proximidad de mis padres cada viernes. Paseo por las mismas calles en las que convivía con la Sra. Eugenia, Fulgencia, Lucy, Nieves, Petra y Andrés, La Sra. Paulina, Juliana -la de Balbino y la de Anastasia-, la Sra. Claudia.... y otra vez mi abuela. Llevo veinte años sin verla porque se tuvo que marchar al lugar definitivo. Pero viene cada día donde yo esté. Se que le gusta más cuando estoy en el Berrueco pero estoy tan pocas veces. Tal vez, algún día, tambien sea para mí el lugar definitivo.